Cada tanto resurgen en los medios, en un planeta cada vez más enredado en el “declaracionismo” de las vidas frágiles que buscan absolutizar su opinión, enunciados que en su superficie parecen exponer ciertos valores teóricos, como la caridad y el ponerse al servicio de los demás, que estarían muy lejos de hacerse tangibles en la realidad. En este caso, Julieta Poggio, quien saltara a la fama a partir de su participación en el reality show Gran Hermano, cuestionó en una reciente entrevista: “¿Cómo el Vaticano está lleno de oro y de dinero y la gente va a rezar ahí por los pobres? ¿Cómo hay tanta gente pobre y no se puede repartir todo ese dinero, romper las iglesias y que se termine el hambre en el mundo?”
Independientemente de la personalidad del mundo del espectáculo que emite su particular sentencia - porque eso no fue una simple opinión, aquí literalmente se bajó el martillo presentando a una Iglesia desprovista de la más mínima compasión respecto al que sufre mientras acumula cantidades ingentes de recursos que elije no compartir – lo fundamental es mostrar cuál es la realidad de la situación.
Analicemos primariamente la mentada cuestión de las “riquezas de la Iglesia”. En primer lugar, resulta bastante obsoleto pretender evaluar una cuestión patrimonial por piezas de museos, cuando a nivel comercial el criterio que hoy prima es el valor de la marca. Una rápida búsqueda por el navegador nos dirá que en los tiempos que corren son Apple, Amazon, Microsoft, Google… ¿Alguien ha visto la “marca Vaticano”?
La propia revista Fortune, una de las más prestigiosas del planeta en lo referente a temas económicos, ha asegurado que la Santa Sede, puesta al nivel de lo que representan las corporaciones, estaría lejos de ser parte de su famosa lista Fortune 500, que engloba las 500 empresas más importantes según su volumen de ventas, lo que desmitifica totalmente esa idea de la Iglesia millonaria.
El presupuesto anual del Vaticano, del cual dos terceras partes está destinado al pago de sus empleados, no alcanza los 500 millones de euros, cifra apenas anecdótica al constatar que en el último mercado europeo de fichajes, dos clubes de la Premier League, Liverpool y Chelsea, han gastado entre ambos casi 600 millones de euros, o que la Universidad de Harvard, que es sin duda de las más prestigiosas del mundo, pero no deja de ser un centro educativo, tiene un presupuesto que supera los 3.000 millones de dólares.
Pero hablemos concretamente de los tesoros del Vaticano. A nadie puede resultarle sorprendente que una institución con tantos siglos de historia reciba obsequios. Cuando Lula da Silva, el actual presidente de Brasil abandonó su cargo tras sus anteriores ocho años de gobierno, había recibido más de 760.000 regalos, entre los que se encontraban desde más de un millar de camisetas de equipos de fútbol hasta espadas de oro con rubíes, gentileza del rey de Arabia Saudita.
Pero en este caso, hay un detalle no menor: los tesoros de la ciudad de Roma, donde están incluidos los de la colina vaticana, son bienes declarados por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad, por lo que no pueden venderse bajo ningún tipo de circunstancia. Es cierto que ahí están incluidas algunas de las joyas artísticas más valiosas en cuanto a lo que representan, pero en el plano económico son inestimables, al punto de que en los libros contables están valoradas a razón de un euro.
El propio Papa Francisco fue indagado en febrero de 2015 sobre este tema por la revista holandesa Straatnieuws, y señaló, respecto a la posibilidad de vender las obras de arte con fines benéficos:
«Esta es una pregunta fácil. No son los tesoros de la Iglesia, sino que son los tesoros de la humanidad. Por ejemplo, si yo mañana digo que La Piedad de Miguel Ángel sea subastada no se podría hacer porque no es propiedad de la Iglesia. Está en una iglesia, pero es de la humanidad. Esto vale para todos los tesoros de la Iglesia».
En la misma entrevista, el Santo Padre agregó que se suelen vender “los regalos y otras cosas” que recibe como obsequio:
«Los beneficios de las ventas van a Mons. Krajewski, que es mi limosnero. Y después está la lotería. Estaban los carros que han sido todos vendidos o dados a través de una lotería y lo recaudado se ha usado para los pobres. Hay cosas que se pueden vender y estas se venden».
Algo similar ocurre por caso en España, donde el 80 % del patrimonio cultural material está en manos de la Iglesia Católica. Pero no todo es color de rosas.
En palabras de Monseñor Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba, esto representa un gasto mayor que el ingreso que genera, pues: «restaurar un templo o tener a punto todo el patrimonio mueble e inmueble es una preocupación constante desde hace siglos», por eso en más de una oportunidad se ha recibido ayuda del erario público, porque «siendo propiedad de la Iglesia, está al servicio de una gran mayoría de ciudadanos».
Cómo se soluciona el tema de la pobreza
Estaría desaprovechando este espacio si no lo utilizo para referirme a las auténticas causas de las desigualdades imperantes en el mundo.
La pobreza va más allá de que Juan tenga cinco en el bolsillo y Pedro diez, pues esto se circunscribe al plano material, lo que implica un reduccionismo de la persona que puede terminar envileciendo las almas cuando no se reconocen los bienes como una responsabilidad y se los ve solo como un fin en sí mismo.
Creer que la problemática estructural de la pobreza va a solucionarse ipso facto por medio de dádivas es un planteamiento ingenuo. En las naciones más pobres la falta de desarrollo es tal que se necesitarían donativos permanentes, además de que muy probablemente seguiría sin darse en el blanco de la cuestión.
Dejo aquí hay un enlace (https://fundacionio.com/los-10-paises-con-menos-agua-potable/) de los tantos que pueden hallarse en la web respecto a un flagelo tan importante como es la falta de agua potable para cualquier población. Todos los países del listado tienen más de la mitad de sus habitantes con problemas de acceso al agua, independientemente de los matices propios de cada nación, que requeriría de un análisis más exhaustivo que excede el objetivo del presente artículo.
A partir de esto pregunto, como pensando en voz alta: si la Iglesia Católica o quien fuera vende todo lo que tiene y regala un hospital en una región con este tipo de problemática, ¿Tendría algún tipo de viabilidad? ¿Contaría ese país con los recursos para mantener dicho centro de salud, podría pagar los sueldos a los profesionales, adquirir las medicinas correspondientes? Porque el problema no es regalar un auto a un indigente, la cuestión es cómo ese indigente solventa su mantenimiento.
Estos párrafos están lejos de partir de una plataforma crédula que pasa por alto que en la Iglesia han ocurrido hechos de corrupción. Persistir en diversos formatos de avaricia no debe sorprender a nadie desde el momento en que Judas, uno de los doce elegidos por el propio Cristo, lo vendió por treinta monedas de plata. No solo que hubo y tristemente hay codicia en nuestra Iglesia, como existe a lo largo y ancho del mundo en las distintas esferas de la sociedad, sino que seguirá habiendo mientras no ocurra un cambio profundo en cada persona.
Aunque también quiero referirme a los que apuntan, siempre desde afuera y sin atisbo de involucrarse para aportar su granito de arena para corregir las falencias que prefieren limitarse a señalar, respecto a leyendas que parecen más bien herederas de películas con objetivos recaudatorios o documentales sensacionalistas.
La crítica de “la Iglesia cada vez más rica y los pobres cada vez más pobres” (obviando que estas voces parecen no asumir que los pobres son parte de la Iglesia) parece más bien una forma en la que muchos prefieren desligarse de la responsabilidad que cualquier persona de bien, independientemente de cuestiones religiosas e ideológicas, tiene para la construcción de un mundo mejor, más solidario.
Pero hay también un error entre los que proponen las donaciones masivas, y este radica en lo que ellos entienden por la palabra pobreza, la que circunscriben a una cuestión netamente exterior, medida pura y exclusivamente por el potencial económico del individuo, cuando la pobreza bien entendida consiste en librarse interiormente de la avaricia de poseer bienes, fama o poder, y aquí ya no se trata de dormir en un banco de plaza o ser propietario de una abultada cuenta en el banco.
Por cuestiones de espacio, queda para otra oportunidad hablar, al menos escuetamente, del gran bien que realiza en todo el mundo la Iglesia Católica en cuanto a la ayuda a los demás se refiere, pero estimo que este pantallazo puede ayudar a comprender que ciertas - y poco meditadas - aseveraciones vertidas en el ámbito público solo invitan a la confusión y son parte de un cotidiano “hablemos sin saber” y “procuremos ser tendencia”. La búsqueda por la verdad… Eso va por otro lado…
Mariano Torrent
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