Evangelio - Domingo 27 (Ciclo C)


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     17, 3b-10

 Dijo el Señor a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti diciendo: "Me arrepiento", perdónalo». Los apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». Él respondió: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: "Arráncate de raíz y plántate en el mar", ella les obedecería. Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: "Ven pronto y siéntate a la mesa"? ¿No le dirá más bien: "Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después"? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: "Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber"». 


Palabra del Señor




 Comentario

Encontramos varias enseñanzas de Jesús a los discípulos (v. 1) y a los apóstoles (v. 5). Este detalle puede pasar inadvertido, pero discípulo y apóstol no son lo mismo. En el primero de los casos, deriva del latín discipulus, palabra con la que se define a alguien que es estudiante de otro. Quienes se acercaban a Jesús para aprender de Él lo llamaban Rabí, Maestro, etc. Apóstol proviene de apostolos, que significa mensajero.


Para explicarlo de una forma sencilla: Cristo tenía muchos discípulos, pero solo doce apóstoles. Los discípulos son, por caso, los 72 que reciben el mandato misionero de parte de Jesús (Lc 10,1), mientras que los apóstoles son aquellos doce que el propio Cristo eligió (Mc 3,13) y que recibieron el poder de perdonar pecados (Jn 20,23) y la comisión de predicar el Evangelio en todo el mundo, bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19-20). De aquí se desprende una conclusión: un apóstol es, antes que nada, discípulo, pero no todo discípulo llega a ser apóstol.


Es cierto que más allá de esta distinción, hay un fondo común en estas lecciones de Jesús, y obedecen a la conducta de los cristianos en la futura vida de la Iglesia, especialmente de aquellos que ocupan algún cargo.


Tomemos algunos puntos de referencia para comprender mejor esta perícopa:


V. 3-4: Jesús plantea la grandeza de corazón como requisito indispensable para el perdón de las ofensas. No se está haciendo aquí campaña por un tipo de perdón ingenuo, pues se debe intervenir con la seriedad propia de quien debe reprender al pecador para que cambie de actitud. El perdón está atado a la conversión: “y si se arrepiente, perdónalo”.


Los discípulos eran una comunidad de hermanos, al igual que lo somos nosotros en la actualidad. Y como hermanos no vale la premisa del “yo me salvo solo y los demás que se arreglen como puedan”. Un verdadero cristiano debe preocuparse por la salvación de los demás.


V. 5: los apóstoles piden al Señor que aumente su fe. ¡Qué hermosa y necesaria respuesta para la oración de los fieles, ser una comunidad que pide al Señor que aumente su fe! Y qué imprescindible en el día a día, rogar para que nuestra fe, que muchas veces no llega a ser un grano de mostaza, crezca para poder ser compartida con aquellos que nos rodean.

Puede parecer que la respuesta del Señor se balancea en el contorno del reproche, pero no debe ser vista necesariamente de esa forma. Por el contrario, flota el aliento en las palabras de Cristo cuando, con el ejemplo de la morera, enfatiza que si desde la fe se pide a Dios con confianza y humildad pueden producirse milagros o hechos considerados a priori imposibles.


El pasaje concluye con una lección en torno al servicio (v.7-10). Sin duda que estamos ante una parábola que presenta un tono bastante fuerte, donde Jesús se vale una vez más de un ejemplo de aquella época que sus contemporáneos podrían asimilar mejor. Esta parábola propone una instrucción respecto a la actitud del hombre para con Dios.


Hay que tener en cuenta para entender esta parte final que los doctores de la Ley entre los fariseos concebían la vinculación entre Dios y el hombre como una especie de relación contractual: yo doy para que Dios me dé, es decir, una contraprestación: si cumplo la ley de Dios, entonces Él me debe una recompensa. La parábola de Jesús viene a decir “miren que Dios no les debe nada”, pues todo lo que hace es por un acto libre, un ejercicio de su voluntad.


Preguntas para estudio


1. ¿Qué diferencia hay entre apóstol y discípulo?


2. ¿Qué requisito indispensable plantea Jesúspara el perdón de las ofensas?


3. ¿Cuál es la enseñanza que deja Jesús por medio de la relación entre el amo y el sirviente?


Mariano Torrent

Segunda Lectura - Domingo 27 (Ciclo C)


Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a Timoteo     1, 6-8. 13-14 


Querido hermano: Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad. No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios. Toma como norma las saludables lecciones de fe y de amor a Cristo Jesús que has escuchado de mí. Conserva lo que se te ha confiado, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros. 


Palabra de Dios.


Comentario


Hay tres cartas pastorales de San Pablo: 1 y 2 Timoteo y la Carta a Tito. Reciben este nombre por ir dirigidas a líderes de la primitiva Iglesia, y por las recomendaciones que da a estos en cuanto al manejo de sus comunidades.


Esta segunda epístola es independiente de la primera, al punto de que no encontramos ninguna referencia a una carta anterior del apóstol. El hecho de hablar de una primera y segunda carta responde más bien a la ubicación que ambas tienen en la Sagrada Escritura.


2 Timoteo es como un testamento espiritual de San Pablo que, encarcelado en Roma y presintiendo la cercanía de la muerte ofrece sus últimos consejos, como la exhortación de que Timoteo debe permanecer firme en la doctrina recibida.


V. 6: El rito de la imposición de manos ya aparece mencionado en 1 Tim 4,14. Es frecuente en la Iglesia primitiva, y ya en el propio Nuevo Testamento, encontrar este gesto asociado a la transmisión del Espíritu Santo para determinada misión o función en la comunidad eclesial. Ocurre, por caso, en el libro de Hechos con la elección de los primeros diáconos (He 6,6). El propio Pablo recibe el envío misionero con el gesto fundamental de la imposición de manos (He 13,3).


Es verdad que no es el único significado que tenía la imposición de manos, sino que podía variar de acuerdo al contexto. El propio Cristo se valía de este gesto para bendecir o curar, y ordena a los apóstoles que pongan las manos sobre los enfermos para que sanen (Mc 16,18). En resumen, el rito de imponer las manos implica bendición y consagración.


Respecto a Timoteo, obispo de Éfeso, destacado colaborador de San Pablo y compañero en algunos de sus viajes apostólicos, puede haber sufrido, como cualquier ser humano, momentos de decaimiento, que tal vez le había expresado a San Pablo en alguna misiva anterior, a partir de lo cual y con el objetivo de reanimarlo, éste le recuerda el don de la gracia que ha recibido.


v. 7: “Dios nos ha dado no un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad”: tres virtudes que la Gracia de la ordenación le concede al ministro, y que son fundamentales para las actividades pastorales de quien debe servir cristianamente a los demás.


v. 8: “No te avergüences del testimonio de nuestro Señor” (…) “Comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio…”: San Pablo va un paso más allá. No avergonzarse de confesar a Cristo, en tiempos donde ser cristiano no despertaba precisamente aplausos en un porcentaje importante de la sociedad, es como el nivel inicial, pero hay que ir más allá: compartir los padecimientos necesarios en nombre de la Buena Noticia.


Preguntas para estudio


1. ¿Cuáles son las cartas pastorales de San Pablo y cuáles son sus principales características?


2. ¿Qué función cumplía la imposición de manos en la Iglesia primitiva?


3. ¿Cuáles son las tres virtudes concedidas por el Espíritu de Dios y mencionadas en el versículo 7?


Mariano Torrent

Primera Lectura - Domingo 27 (Ciclo C)


 Lectura de la profecía de Habacuc     1, 2-3; 2, 2-4 


¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que Tú escuches, clamaré hacia ti: «¡Violencia!», sin que Tú salves? ¿Por qué me haces ver la iniquidad y te quedas mirando la opresión? No veo más que saqueo y violencia, hay contiendas y aumenta la discordia. El Señor me respondió y dijo: Escribe la visión, grábala sobre unas tablas para que se la pueda leer de corrido. Porque la visión aguarda el momento fijado, ansía llegar a término y no fallará; si parece que se demora, espérala, porque vendrá seguramente, y no tardará. El que no tiene el alma recta, sucumbirá, pero el justo vivirá por su fidelidad. 


Palabra de Dios.




Comentario

Habacuc 1,2-3;2,2-4


Habacuc es uno de los llamados profetas menores, de los cuales, en muchos casos, sabemos pocas cosas seguras. Antes que nada, es importante mencionar que al hacer la clásica distinción entre profetas mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel) y menores no se está proponiendo que los integrantes del primer grupo sean “más profetas” que el resto sino que simplemente se realiza esta distinción en base a la extensión de sus escritos. Trazando una comparación, el libro de Isaías tiene un total de 66 capítulos, contra los tres del mencionado Habacuc.


Hay dos temas centrales en esta obra, escrita para los judíos que vivían en Judá antes de ser exiliados a Babilonia[1], que pueden englobarse en preguntas que el profeta se hace y le traslada a Dios: por un lado, por qué el Señor guarda silencio mientras su pueblo se degenera moralmente. El otro interrogante es por qué Dios utiliza para castigar a Judá una nación como Babilonia, teóricamente más pecadora que el pueblo elegido.


Hay dos formas literarias en este libro, a partir de las cuales podemos trazar un esquema para dividir el contenido del mismo: Desde el 1,1 hasta el 2,20 - dentro del cual está incluido este pasaje - tenemos una colección de oráculos/visiones bajo el título “oráculo que tuvo en visión el profeta Habacuc”, sentencia con la que comienza el libro.


Concretamente, la sección que va desde el primer versículo hasta el 2,4 es un diálogo entre Dios y el profeta, donde Habacuc pide explicaciones, y Dios le ofrece respuestas. Esto responde a la doble misión del profeta: anunciar y denunciar. No es solo el vocero de Dios ante el pueblo, también recibe de sus contemporáneos aquello que luego trasladará ante el Señor.


Hay palabras que no deben pasar inadvertidas en este texto, pues resultan fundamentales para comprenderlo en su real dimensión: en una lectura  atenta encontraremos expresiones como violencia (en dos oportunidades), iniquidad, opresión, saqueo y discordia, términos que reflejan el lamento ante Dios por los desastres que sufre el pueblo.


Continuando con la dinámica del libro, el resto del capítulo 2 consiste en cinco imprecaciones (“ay del que…”) emitidas contra el opresor, donde el profeta se lamenta de las faltas y los abusos de los enemigos, cuya figura central sería Babilonia.


El capítulo final del libro presenta una oración del profeta, que pide la intervención de Dios en favor de su pueblo, recordando la protección divina que siempre han recibido los suyos, estilo que recuerda la composición de algunos salmos épicos. Estas palabras conclusivas son un canto de esperanza, lo que nos da la pauta de que las lamentaciones y las preguntas con las que se inicia este libro no nacen de la desesperanza sino de una profesión de fe en el amor de Dios. Basta para ello meditar los versículos finales:


Yo seguiré alegrándome en Yavé, lleno de gozo en Dios, mi Salvador. Yavé, que es mi Señor, es mi fuerza el da a mis pies la agilidad de un ciervo y me hace caminar por las alturas. (Hab 6,18-19)


Preguntas para estudio

1. ¿Cuáles son, a grandes rasgos, los dos temas centrales del libro?


2. Enumera las palabras del pasaje que resultan fundamentales para comprenderlo en su real dimensión.


3. ¿Qué importancia tiene el capítulo final del libro para comprender que las preguntas que el profeta realiza a Dios al principio son fruto de la confianza en la providencia divina y no surgen de la desesperanza?


Mariano Torrent



[1] Tengamos en cuenta para situarnos históricamente que no encontramos ninguna mención al asedio de Jerusalén del año 597 a.C. ni a la deportación a Babilonia que ocurrió diez años después, por lo que debemos ubicar estas líneas unas décadas antes, en torno a la caída de Nínive (612 a.C.)


Cada tanto resurgen en los medios, en un planeta cada vez más enredado en el “declaracionismo” de las vidas frágiles que buscan absolutizar su opinión, enunciados que en su superficie parecen exponer ciertos valores teóricos, como la caridad y el ponerse al servicio de los demás, que estarían muy lejos de hacerse tangibles en la realidad. En este caso, Julieta Poggio, quien saltara a la fama a partir de su participación en el reality show Gran Hermano, cuestionó en una reciente entrevista: “¿Cómo el Vaticano está lleno de oro y de dinero y la gente va a rezar ahí por los pobres? ¿Cómo hay tanta gente pobre y no se puede repartir todo ese dinero, romper las iglesias y que se termine el hambre en el mundo?”

Independientemente de la personalidad del mundo del espectáculo que emite su particular sentencia - porque eso no fue una simple opinión, aquí literalmente se bajó el martillo presentando a una Iglesia desprovista de la más mínima compasión respecto al que sufre mientras acumula cantidades ingentes de recursos que elije no compartir – lo fundamental es mostrar cuál es la realidad de la situación.

Analicemos primariamente la mentada cuestión de las “riquezas de la Iglesia”. En primer lugar, resulta bastante obsoleto pretender evaluar una cuestión patrimonial por piezas de museos, cuando a nivel comercial el criterio que hoy prima es el valor de la marca. Una rápida búsqueda por el navegador nos dirá que en los tiempos que corren son Apple, Amazon, Microsoft, Google… ¿Alguien ha visto la “marca Vaticano”?


La propia revista Fortune, una de las más prestigiosas del planeta en lo referente a temas económicos, ha asegurado que la Santa Sede, puesta al nivel de lo que representan las corporaciones, estaría lejos de ser parte de su famosa lista Fortune 500, que engloba las 500 empresas más importantes según su volumen de ventas, lo que desmitifica totalmente esa idea de la Iglesia millonaria.


El presupuesto anual del Vaticano, del cual dos terceras partes está destinado al pago de sus empleados, no alcanza los 500 millones de euros, cifra apenas anecdótica al constatar que en el último mercado europeo de fichajes, dos clubes de la Premier League, Liverpool y Chelsea, han gastado entre ambos casi 600 millones de euros, o que la Universidad de Harvard, que es sin duda de las más prestigiosas del mundo, pero no deja de ser un centro educativo, tiene un presupuesto que supera los 3.000 millones de dólares.

Pero hablemos concretamente de los tesoros del Vaticano. A nadie puede resultarle sorprendente que una institución con tantos siglos de historia reciba obsequios. Cuando Lula da Silva, el actual presidente de Brasil abandonó su cargo tras sus anteriores ocho años de gobierno, había recibido más de 760.000 regalos, entre los que se encontraban desde más de un millar de camisetas de equipos de fútbol hasta espadas de oro con rubíes, gentileza del rey de Arabia Saudita.

Pero en este caso, hay un detalle no menor: los tesoros de la ciudad de Roma, donde están incluidos los de la colina vaticana, son bienes declarados por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad, por lo que no pueden venderse bajo ningún tipo de circunstancia. Es cierto que ahí están incluidas algunas de las joyas artísticas más valiosas en cuanto a lo que representan, pero en el plano económico son inestimables, al punto de que en los libros contables están valoradas a razón de un euro.

El propio Papa Francisco fue indagado en febrero de 2015 sobre este tema por la revista holandesa Straatnieuws, y señaló, respecto a la posibilidad de vender las obras de arte con fines benéficos:

«Esta es una pregunta fácil. No son los tesoros de la Iglesia, sino que son los tesoros de la humanidad. Por ejemplo, si yo mañana digo que La Piedad de Miguel Ángel sea subastada no se podría hacer porque no es propiedad de la Iglesia. Está en una iglesia, pero es de la humanidad. Esto vale para todos los tesoros de la Iglesia».

En la misma entrevista, el Santo Padre agregó que se suelen vender “los regalos y otras cosas” que recibe como obsequio:

«Los beneficios de las ventas van a Mons. Krajewski, que es mi limosnero. Y después está la lotería. Estaban los carros que han sido todos vendidos o dados a través de una lotería y lo recaudado se ha usado para los pobres. Hay cosas que se pueden vender y estas se venden».

Algo similar ocurre por caso en España, donde el 80 % del patrimonio cultural material está en manos de la Iglesia Católica. Pero no todo es color de rosas.

En palabras de Monseñor Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba, esto representa un gasto mayor que el ingreso que genera, pues: «restaurar un templo o tener a punto todo el patrimonio mueble e inmueble es una preocupación constante desde hace siglos», por eso en más de una oportunidad se ha recibido ayuda del erario público, porque «siendo propiedad de la Iglesia, está al servicio de una gran mayoría de ciudadanos».

Cómo se soluciona el tema de la pobreza

Estaría desaprovechando este espacio si no lo utilizo para referirme a las auténticas causas de las desigualdades imperantes en el mundo.

La pobreza va más allá de que Juan tenga cinco en el bolsillo y Pedro diez, pues esto se circunscribe al plano material, lo que implica un reduccionismo de la persona que puede terminar envileciendo las almas cuando no se reconocen los bienes como una responsabilidad y se los ve solo como un fin en sí mismo.

Creer que la problemática estructural de la pobreza va a solucionarse ipso facto por medio de dádivas es un planteamiento ingenuo. En las naciones más pobres la falta de desarrollo es tal que se necesitarían donativos permanentes, además de que muy probablemente seguiría sin darse en el blanco de la cuestión.

Dejo aquí hay un enlace (https://fundacionio.com/los-10-paises-con-menos-agua-potable/) de los tantos que pueden hallarse en la web respecto a un flagelo tan importante como es la falta de agua potable para cualquier población. Todos los países del listado tienen más de la mitad de sus habitantes con problemas de acceso al agua, independientemente de los matices propios de cada nación, que requeriría de un análisis más exhaustivo que excede el objetivo del presente artículo.

A partir de esto pregunto, como pensando en voz alta: si la Iglesia Católica o quien fuera vende todo lo que tiene y regala un hospital en una región con este tipo de problemática, ¿Tendría algún tipo de viabilidad? ¿Contaría ese país con los recursos para mantener dicho centro de salud, podría pagar los sueldos a los profesionales, adquirir las medicinas correspondientes? Porque el problema no es regalar un auto a un indigente, la cuestión es cómo ese indigente solventa su mantenimiento.

Estos párrafos están lejos de partir de una plataforma crédula que pasa por alto que en la Iglesia han ocurrido hechos de corrupción. Persistir en diversos formatos de avaricia no debe sorprender a nadie desde el momento en que Judas, uno de los doce elegidos por el propio Cristo, lo vendió por treinta monedas de plata. No solo que hubo y tristemente hay codicia en nuestra Iglesia, como existe a lo largo y ancho del mundo en las distintas esferas de la sociedad, sino que seguirá habiendo mientras no ocurra un cambio profundo en cada persona.

Aunque también quiero referirme a los que apuntan, siempre desde afuera y sin atisbo de involucrarse para aportar su granito de arena para corregir las falencias que prefieren limitarse a señalar, respecto a leyendas que parecen más bien herederas de películas con objetivos recaudatorios o documentales sensacionalistas.

La crítica de “la Iglesia cada vez más rica y los pobres cada vez más pobres” (obviando que estas voces parecen no asumir que los pobres son parte de la Iglesia) parece más bien una forma en la que muchos prefieren desligarse de la responsabilidad que cualquier persona de bien, independientemente de cuestiones religiosas e ideológicas, tiene para la construcción de un mundo mejor, más solidario.

Pero hay también un error entre los que proponen las donaciones masivas, y este radica en lo que ellos entienden por la palabra pobreza, la que circunscriben a una cuestión netamente exterior, medida pura y exclusivamente por el potencial económico del individuo, cuando la pobreza bien entendida consiste en librarse interiormente de la avaricia de poseer bienes, fama o poder, y aquí ya no se trata de dormir en un banco de plaza o ser propietario de una abultada cuenta en el banco.

Por cuestiones de espacio, queda para otra oportunidad hablar, al menos escuetamente, del gran bien que realiza en todo el mundo la Iglesia Católica en cuanto a la ayuda a los demás se refiere, pero estimo que este pantallazo puede ayudar a comprender que ciertas - y poco meditadas - aseveraciones vertidas en el ámbito público solo invitan a la confusión y son parte de un cotidiano “hablemos sin saber” y “procuremos ser tendencia”. La búsqueda por la verdad… Eso va por otro lado…

Mariano Torrent

¿Hiciste el intento de analizar cuánto amor hay en tus obras? ¿Cuántas veces te dejaste encontrar por Dios en los pequeños detalles del trajín cotidiano? 

¿Te detuviste a analizar el alcance de la expresión "seguir a Jesús"? ¿Descubriste entonces que es una elección de vida, y no unas simples palabras arrojadas a algún callejón sin salida?

Mirándote en el espejo de la fe, ¿Dejas que Cristo ocupe el centro de tu vida o es solo un accesorio al que recurres en ciertos casos de necesidad?

Mariano Torrent,

#MeditacionesdeCuaresma, Día VI

La experiencia del desierto implica atreverse a caminar por lo desconocido. Quitarse las máscaras confeccionadas por las falsas imágenes de Dios que nosotros mismos diseñamos.

Se trata entonces de elegir el silencio, opción que puede parecer intimidante, porque las tentaciones van a aprovechar la oportunidad para levantar la voz, pero solamente en la intimidad de nuestro ser hallaremos el deseo de libertad que solo puede colmar el Padre.

Mariano Torrent,

#MeditacionesdeCuaresma, Día VII 

La Cruz no implica sufrir sin sentido. Aprendamos a dilucidar qué es lo que Dios quiere decirnos en cada proceso. 

Ser cristiano no supone ausencia de malos momentos, pero sí la certeza de que todo dolor, por mayor que resulte, es la antesala de una recompensa mucho mayor.

Que ninguna lágrima llegue al suelo sin ser parte de una alabanza al Padre Celestial.

Mariano Torrent,

#MeditacionesdeCuaresma, Día IV

Si los humos prestados del triunfo también saben ser una trampa, ejercitemos - con las pretensiones descalzas - la vulnerabilidad del fracaso.

¿Acaso el Señor, a los ojos del mundo, no cayó derrotado al morir en la Cruz como el peor de los delincuentes? Pasa que no tiene buena prensa dar la vida por los demás, porque se nos publicita un horizonte sin luchas donde la entrega y la caridad resultan signos de contradicción.

Ante tanta novedad a medida, que la elección no sea otra que escuchar a diario la voz del Único que puede fortalecernos con sus Palabras de Vida Eterna.

Mariano Torrent,

#MeditacionesdeCuaresma, Día III 

No estamos llamados a ser guardianes de nuestros hermanos, siguiendo el "Protocolo Caín", que tanto daño provoca. 

Fuimos convocados a comprender y perdonar a quienes nos rodean, alimentados por la Gracia y siguiendo los parámetros de Cristo.

Mariano Torrent,

#MeditacionesdeCuaresma, Día II 

 Vivimos en un contexto signado por las apariencias. La Cuaresma es una invitación a preguntarnos qué buscamos en cada acción: ¿Agradar a Dios o conseguir el aplauso de los demás?


¿Qué queremos encontrar en nuestro interior: la superficialidad del like o la sencillez que me permite saberme necesitado de Dios?

Mariano Torrent,

#MeditacionesdeCuaresma, Día I

Fragmento de mi libro Habitó entre nosotros (2019), con algunos agregados posteriores.

 

Empecemos por el principio: Suponer que Jesús nació en el año cero es incurrir en dos errores, pues no solo no nació en dicho año, sino que lisa y llanamente, el año cero no existió, ni en el calendario juliano, que era el utilizado en aquel momento, ni en su sucesor, el gregoriano, que es utilizado en la actualidad de manera oficial en casi todo el mundo. En resumen: Del año 1 a. C. se pasó al año 1 d. C.


Nuestro calendario es diferente al utilizado cuando nació Jesús. Nuestra fecha procede del calendario creado por un monje llamado Dionisio, por pedido del entonces Papa Juan I en el año 525 de nuestra era. Dionisio basó su cálculo en el que habían hecho los romanos sobre la fundación de Roma, por lo cual, el año 1 d. C. venía a ser el equivalente al 754 A. U. C. (anno urbis conditae, es decir, desde la fundación de Roma). Hoy sabemos que Dionisio se equivocó en los cálculos[1]. La falta de información histórica precisa lo llevó a errar por seis años el año del nacimiento de Cristo[2].


De acuerdo con los Evangelios, el nacimiento de Jesús ocurrió bajo el reinado de César Augusto (37 a. C. hasta el 14 d. C.), “en tiempos de Herodes, rey de Judea” (Lc 1,5), “mientras Quirino era gobernador en Siria” (Lc 2,2). Herodes murió en el año 4 a. C., por lo cual podemos asumir que Jesús nació antes de esa fecha. Quirino comenzó su mandato como gobernador de Siria en el año 6 d.C., pero se estima que desempeñó funciones como líder militar en Siria entre el año 10 a. C. y el 6 a. C. Por este motivo, existen buenas razones para datar el nacimiento de Jesús en el año 6 a. C[3].


A favor de la historicidad de esta fecha, se suma el censo mencionado en el Evangelio de San Lucas por el cual San José debió dirigirse junto a María, que estaba embarazada de Jesús, rumbo a Belén, donde debía inscribirse para dar cumplimiento a la disposición de la autoridad.


A este respecto, Flavio Josefo cuenta en su obra Antigüedades Judías que por aquel tiempo se realizó un empadronamiento con fines fiscales, en base al cobro del Tributum Capitis, un tributo igualitario que pagaban todas las personas de entre 14 y 64 años. Es muy probable que José tuviera que ir a Belén a empadronarse[4].


Pero la cuestión del censo, el desplazamiento de la Sagrada Familia a Belén, y fundamentalmente el año en que este se realizó, e incluso si el mencionado empadronamiento de verdad existió son habitualmente fuente de numerosas controversias.


Según Josefo, el censo tuvo lugar en el año 6 d.C. siendo gobernador Quirino, y, como la cuestión de fondo no era otra que el dinero, “surgió Judas el Galileo, que arrastró al pueblo en pos de sí”, tal cual aparece mencionado en He 5,37. Además, Quirino habría estado activo en el entorno siríaco-judío en aquel período, y no antes. Pero estos hechos lejos están de ser concluyentes, pues hay indicios que Quirino habría intervenido en Siria, por encargo del emperador en torno al año 9 a.C. Y ahí aparecen las explicaciones de diversos estudiosos, que indican que el censo se realizaba en dos etapas: Primeramente se registraban tierras e inmuebles, es decir, las propiedades; la segunda etapa consistía en la determinación de los impuestos que efectivamente debían pagarse. La primera etapa tuvo lugar en el tiempo del nacimiento de Jesús, y la segunda, años después, fue la que suscitó la insurrección anteriormente mencionada[5].


A la hora de la muerte del emperador Augusto, cuenta el historiador Suetonio, se encontró entre sus papeles un Breviarium Imperii, en el cual estaban registrados  los recursos públicos, cuántos ciudadanos romanos y aliados estaban bajo sus armas, el estado de las flotas, de los reinos asociados, de las provincias, de las tribus, impuestos y necesidades. Para poder tener este control necesitaba haber hecho frecuentes censos y hay datos históricos de que en Egipto se realizaba uno cada catorce años. No es para nada inverosímil que también en Palestina estos censos se repitieran con frecuencia y hubiese más de aquellos que de los que tenemos datos rigurosamente históricos[6].


«¿Por qué José y María (en un avanzado estado de gestación) se desplazaron a empadronarse a su lugar de origen y no lo hicieron donde vivían? Esta circunstancia no es muy común en los censos romanos provinciales, aunque se tiene constancia de censos de este tipo a inicios del siglo II d.C en Egipto, por lo que no se puede descartar del todo que Roma respetara las costumbres de un pueblo como el judío tan apegado a sus tradiciones con el fin de evitar revueltas»[7].


La otra objeción que se presenta es que estos censos no requerían necesariamente el acompañamiento de la esposa. Esto carece de peso argumentativo por dos razones: En primer lugar, aunque no hubiera sido necesario que María acompañara a José a Belén, hubiera podido ir por su propia voluntad, teniendo en cuenta las condiciones en que se encontraba, además, si María había meditado las palabras del Ángel, de que su hijo heredaría “el trono de su padre David” es factible que pudiera desear que su hijo naciera en Belén, “la ciudad de David”; en segundo lugar, existe constancia de censos donde sí era requerida la presentación de la mujer[8].



[1] H. Wayne House, Timothy J. Demi: Respuestas a preguntas sobre Jesús. Editorial Portavoz. EEUU. 2014.

[2] Padre Oscar Lukefahr, C. M.: Guía Católica para la Biblia. Editorial Bonum. Buenos Aires. 2006.

[3] Padre Oscar Lukefahr, C. M.: Guía Católica para la Biblia. Editorial Bonum. Buenos Aires. 2006.

[4] Francisco Menchen Barba: La tumba de Cristo. 2011.

[5] Joseph Ratzinger: La infancia de Jesús. Ed. Planeta. 2012.

[6] José Luis Martín Descalzo: Vida y misterio de Jesús de Nazaret, I. Los comienzos. Ed. Sígueme. Salamanca. 1987.

[7] Livia Augusta: Augusto y el censo de Belén. En internet: http://augusto-imperator.blogspot.com/2014/12/augusto-y-el-censo-de-belen.html

[8] Robert H. Stein: Jesús, el Mesías: Un estudio de la vida de Cristo. Ed. Clie. Barcelona. 2006.


Mariano Torrent

Fragmento de mi libro Habitó entre nosotros (2019), con algunos agregados posteriores.

Otra cuestión histórica no exenta de polémica es la fecha en la cual Jesús nació. Son muchas las voces que se alzan contra el día en que los cristianos (y no cristianos también) celebramos la Navidad.


Por caso, los Testigos de Jehová no festejan la Navidad bajo el argumento de que no hay pruebas de que Jesús naciera el 25 de diciembre, y que, «según el Diccionario del cristianismo, esta fiesta fue “instituida en Roma hacia 330” de nuestra era, más de dos siglos después de la muerte del último de los apóstoles»[1].


Antes de referirnos a las pruebas a favor del 25 de diciembre como fecha de nacimiento de Cristo, quiero abordar la cuestión de que la fiesta fue “instituida en Roma hacia 330”. La referencia al año 330 muy probablemente se trate de una confusión generada porque la primera mención de la Navidad celebrándose un 25 de diciembre aparece en el Calendario Filocaliano[2], compuesto en Roma en el año 336. Pero esta mención en realidad lo que demuestra es que la costumbre ya estaba vigente en Roma por aquel tiempo, no necesariamente que haya empezado a celebrarse en el año que es mencionado.


Contrariamente a lo que señalan las denominaciones que descreen de la fecha de la celebración de la Navidad, existe una antiquísima tradición, que data casi desde el siglo primero, que ubica el nacimiento del Salvador en esa fecha[3].

Actualmente, gracias a los documentos de Qumram, podemos decir con precisión que Jesús nació un 25 de diciembre[4].


Vamos por parte: Si Jesús nació un 25 de diciembre, la concepción virginal ocurrió nueve meses antes, fecha en que los calendarios cristianos sitúan la anunciación del Ángel Gabriel a María. Sabemos por el propio Evangelio de Lucas que exactamente seis meses antes Isabel había concebido a Juan el Bautista. Nuestra Iglesia no tiene una fiesta litúrgica para tal concepción, en cuanto que las antiguas Iglesias del Oriente la celebran entre el 23 y el 25 de septiembre, seis meses antes de la Anunciación a María, fechas consideradas durante largo tiempo como imposibles de verificar históricamente.


Pues parece que lo inverificable se puede comprobar. Es precisamente de la concepción de Juan que debemos partir. El Evangelio de Lucas se abre con la historia del matrimonio de ancianos, Zacarías e Isabel, resignados a la esterilidad, una de las peores desgracias en Israel. Zacarías pertenecía a la casta sacerdotal, y estando de servicio en el templo de Jerusalén, tuvo la visión de Gabriel (el mismo ángel que seis meses después se presentará a María, en Nazaret) que le anunciaba que, a pesar de la edad avanzada, él y su mujer habrían de tener un hijo, al que deberían llamar Juan y sería “grande delante del Señor”. Lucas tuvo el cuidado de precisar que Zacarías pertenecía a la clase sacerdotal de Abías y que cuando tuvo la aparición “oficiaba en el turno de su clase”. Aquellos que en el antiguo Israel pertenecían a la casta sacerdotal estaban divididos en 24 clases que, turnándose en orden inmutable, debían prestar servicio litúrgico al templo durante una semana, dos veces por año. El clan al que pertenecía Zacarías, el de Abías, era el octavo en el elenco oficial. Pero, ¿Cuándo caían sus turnos de servicio? Nadie sabía. Pues bien, utilizando pesquisas desarrolladas por otros especialistas y trabajando sobre todo en los textos encontrados en la biblioteca de los esenios de Qumram, el enigma fue revelado por el profesor Shemarjahu Talmon, el cual enseña en la Universidad hebraica de Jerusalén. Sí, un profesor judío cuya investigación favorece una fecha histórica del cristianismo. El docente logró precisar en qué orden cronológico se sucedían las 24 clases sacerdotales. La de Abías prestaba servicio litúrgico en el templo dos veces por año, como las otras, y una de esas veces era en la última semana de septiembre. Por tanto, era verosímil la tradición cristiana oriental que sitúa entre el 23 y el 25 de septiembre el anuncio a Zacarías. Pero tal verosimilitud se aproxima a la certeza porque, estimulados por el descubrimiento del profesor Talmon, los estudiosos reconstruirán el hilo de aquella tradición, llegando a la conclusión que ella provenía directamente de la Iglesia primitiva judeo-cristiana de Jerusalén.


Una cadena de eventos que se extiende a lo largo de 15 meses: en septiembre, el anuncio a Zacarías y en el día siguiente a la concepción de Juan; el marzo, seis meses más tarde, el anuncio a María. Con este último evento llegamos justamente al 25 de diciembre, día que, por tanto, no fue fijado al acaso. Detalles aparentemente inútiles, a los que ningún exégeta prestaba atención, como la clase sacerdotal a la que pertenecía Zacarías muestran de repente su razón de ser, o su carácter de señal de una verdad escondida pero precisa.


«Algunos cuestionan la probabilidad de que el nacimiento tuviera lugar en invierno en Belén. Esto no sería probable, dado que se nos dice que durante el invierno las ovejas no están en el campo, sino en los rediles para protegerse del frío. Sin embargo, existen bastantes evidencias de que no se permitía que las ovejas vagasen por el campo en invierno, pero que alrededor de Belén esto era permisible. Además, como los inviernos suelen ser suaves, la temperatura no sería un problema. Por lo tanto, los pastores pudieron estar perfectamente cuidando de sus rebaños en un diciembre o un enero poco fríos, cuando el anuncio de la hueste angelical les llevó a visitar al bebé en una cueva de Belén»[5].


Hay otro detalle a tener en cuenta, que tiene que ver con los rebaños, los cuales se diferenciaban en tres tipos: los compuestos sólo de ovejas de lana blanca, consideradas puras y que después de pastar volvían a entrar en el redil en el centro de las poblaciones; los que estaban formados por ovejas de lana en parte blanca y en parte negra, que por la tarde entraban en rediles dispuestos a las afueras de las poblaciones; y las ovejas de lana negra, consideradas impuras, que no podían entrar ni en las ciudades ni en los rediles, y debían permanecer a la intemperie con sus pastores en cualquier periodo del año. El Evangelio indica que los pastores hacían turnos de guardia, lo que indicaría una noche larga y fría, propia del contexto invernal[6].


Voy a transcribir algo más acerca de los pastores: «Belén era región de pastores. Lo había sido muchos siglos antes cuando David fue arrancado de sus rebaños para ser ungido por Dios como rey y guía del pueblo de Israel. Pero este glorioso precedente no había influido en la fama que los pastores tenían en tiempos de Cristo. Un pastor era entonces un ser despreciable, de pésima reputación. En parte la suciedad a que les obligaba el hecho de vivir en regiones sin agua, en parte su vida solitaria y errante, les habían acarreado la desconfianza de todos. Si no les fuésemos necesarios para el comercio -comentaba un «hombre de la tierra» que logró llegar a rabino- nos matarían. No dejes - decía un adagio de la época - que tu hijo sea apacentador de asnos, ni conductor de camellos, ni buhonero, ni pastor, porque son oficios de ladrones. Esta creencia hacía que los fariseos aconsejasen que no se comprase leche ni lana a los pastores, porque había gran probabilidad de que fuera robada. Y los tribunales no aceptaban a un pastor como testigo válido en un juicio. Es a estos hombres a quienes Cristo elige como testigos de su nacimiento»[7].




[1] ¿Por qué los testigos de Jehová no celebran la Navidad? En internet: https://www.jw.org/es/testigos-de-jehová/preguntas-frecuentes/por-qué-no-celebran-la-navidad/


[2] Se trata de un manuscrito romano ilustrado que contiene una colección de documentos históricos reunidos en el año 354, tales como listas de reyes, dictadores y emperadores romanos  de aquella época, además de, por ejemplo, una descripción topográfica de Roma por aquellos años.


[3] José Luis Martín Descalzo: Vida y misterio de Jesús de Nazaret, I. Los comienzos. Ed. Sígueme. Salamanca. 1987.


[4] El punto de partida de este apartado puede encontrarse en: Jesús nació verdaderamente el 25 de diciembre – Vittorio Messori. En internet: https://laverdadofende.blog/2017/12/25/jesus-nacio-verdaderamente-el-25-de-diciembre-vittorio-messori/


[5] H. W. House, T. J. Demy: Respuestas a preguntas sobre Jesús. Editorial Portavoz. EEUU. 2011.


[6] ¿Por qué la Navidad es el 25 de diciembre? En internet: https://www.primeroscristianos.com/por-que-navidad-es-el-25-de-diciembre/


[7] José Luis Martín Descalzo: Vida y misterio de Jesús de Nazaret, I. Los comienzos. Ed. Sígueme. Salamanca. 1987.


Mariano Torrent


 Comentario al Evangelio del domingo 26 durante el año, Ciclo B.



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 Comentario al Evangelio del domingo 25 durante el año, Ciclo B.


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En esta playlist se encontrarán las sucesivas entregas de un curso de Cristología que estoy ofreciendo gratuitamente en Youtube. 

El objetivo es fortalecer la fe cristiana en el Hijo de Dios, y poder compartir un diálogo genuino con aquellos que no creen en el Salvador del mundo, iniciando el recorrido desde la confirmación de que en el siglo I de la era cristiana existió en Palestina "un tal Jesús", para luego ir mostrando de forma racional que la fe en el Señor de la historia no es un cuento de hadas, o un invento de un grupo de seguidores desvariando, sino una realidad que tiene bases sólidas si estudiamos el tema despojándonos de prejuicios.

Quedo abierto a dudas, consultas, comentarios, es decir, a todo aquello que contribuya a mejorar esta modesta propuesta.


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Este Sacramento confiere al cristiano una gracia especial para enfrentarse a las dificultades propias de la vejez o una enfermedad grave. Si bien es verdad que el Sacramento en sí mismo no es necesario para la salvación del alma, no es menos cierto que a nadie le es lícito desdeñar su administración, por lo cual debe procurarse con suma diligencia que los enfermos puedan recibirlo estando en pleno uso de sus facultades mentales.

A lo expuesto sumemos la obligación natural de todo cristiano de prepararse del mejor modo para la muerte, lo que otorga un rol esencial a quienes rodean al enfermo para advertirle sobre su situación, sugiriéndole sobre la conveniencia de recibir la Unción y oficiando como nexo para que esto ocurra, ni demasiado tarde ni excesivamente temprano, actuando siempre con caridad cristiana y sentido común. Esta práctica estaba muy extendida en la Iglesia primitiva, tal como nos relata el apóstol Santiago:

¿Hay alguno enfermo? Que llame a los ancianos de la Iglesia, que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al que no puede levantarse; el Señor hará que se levante; y si ha cometido pecados, se le perdonarán. (Stgo 5,14-15)

Que este Sacramento estaba plenamente incorporado a la vida de la Iglesia se evidencia a partir de las palabras de Orígenes, a mediados del siglo tercero, donde se refiere al cristiano penitente:

«No rehúye declarar su pecado a un sacerdote del Señor y buscar medicina. . . [de] lo cual dice el apóstol Santiago: 'Si, pues, hay alguno enfermo, llame a los presbíteros de la Iglesia, y le impongan las manos, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor; y la oración de fe salvará al enfermo, y si estuviere en pecados, le serán perdonados'» (Homilías sobre Levítico 2: 4).

Esencialmente, consiste en ungir la frente y las manos del enfermo acompañando este acto con una oración litúrgica, realizado todo por un sacerdote u obispo, que son los únicos ministros que pueden administrar el Sacramento. Conocido históricamente como Extremaunción por el hecho de administrarse solamente in articulo mortis (a punto de morir), en la actualidad puede recibirse más de una vez, siempre en caso de enfermedad grave, porque este Sacramento no imprime carácter:

«Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan». (Catecismo, 1515)

¿Qué aporta, fundamentalmente, la Unción? Une al enfermo con la Pasión de Cristo, no solo en beneficio propio, sino para toda la Iglesia, que mediante este acto «encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que los resucite y los salve. Y, en efecto, les exhorta a contribuir al bien del Pueblo de Dios uniéndose libremente a la Pasión y muerte de Cristo» (Catecismo, 1499)

A nivel individual, se obtiene ánimo, consuelo y paz (décadas de terapia humana no pueden ofrecer al individuo estas condiciones fundamentales para afrontar las vicisitudes de la vida), además del perdón de los pecados en caso que el enfermo no haya podido obtenerlo mediante el Sacramento de la reconciliación, lo que representa una inmejorable preparación para el paso a la vida eterna. Si conviene a la salud espiritual la Unción es un medio para restablecer la salud corporal, pero los efectos más beneficiosos siguen siendo los detallados anteriormente.

La escasa formación de muchos católicos conduce a una mala interpretación de la misericordia divina en relación a las enfermedades físicas. En un exceso de expectativas, se llega a considerar que aquel cristiano que no recibe la curación de todas sus enfermedades refleja exteriormente su falta de fe. La Escritura viene una vez más en nuestro auxilio ante estas desviaciones, confirmando que Dios no siempre sana las enfermedades físicas que nos afligen:

Recuerden que en los comienzos, cuando les anuncié el Evangelio, yo estaba enfermo. Aunque mis pruebas eran una prueba para ustedes, no me despreciaron ni me rechazaron, sino que me acogieron como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. (Gál 4,13-14)

Pablo predica a los gálatas estando enfermo. Según la lógica humana, ¿Qué mejor para Dios que un apóstol libre de dolencias para llevar adelante su misión evangelizadora? Sin embargo, como creyentes sabemos que Dios sacó bienes de ese mal que aquejaba a Pablo. En otra oportunidad menciona que ha debido dejar en la ciudad de Mileto a su compañero Trófimo, que acompañó a Pablo en sus viajes misioneros durante más de una década, por estar enfermo:

Erasto se quedó en Corinto. A Trófimo lo dejé enfermo en Mileto. (2 Tim 4,20)

La enfermedad como tema nos invita a reflexionar con mayor amplitud, teniendo en cuenta que estamos frente a la situación cotidiana por excelencia donde el ser humano percibe su finitud y mortalidad, evidenciadas en fragilidad e impotencia ante aquello que no puede cambiar. Tenemos una “vocación de eternidad” ante la cual las afecciones actúan como una muralla que nos hace tomar conciencia de que llegará, más tarde o más temprano, el momento en que afrontaremos el juicio de Dios con un destino eterno, la felicidad del Cielo o la condena del infierno.

La enfermedad es una invitación a recordar una afirmación de San Pablo, válida para todo cristiano:

Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor. (Rom 14,8)

La vejez es un estado similar a la enfermedad, porque en esa etapa se van desarrollando ciertos desequilibrios que comprometen la armonía del organismo, proceso que conduce inevitablemente a la muerte.

Considero importante una debida instrucción del servicio que la Iglesia, siempre atenta a las necesidades de las personas en todas las etapas de su vida, ofrece con la Penitencia, la Unción de los enfermos y la Eucaristía como viático, es decir, como alimento para ese camino, muchas veces empinado, que es el final de la vida.

A diferencia del mundo, donde las personas mayores o enfermas parecen estorbar, la Iglesia actúa como faro administrando estos sacramentos que “preparan para la Patria Celestial” (CIC, 1525). Son ritos muy apreciados entre los fieles, como ayuda sobrenatural para una buena muerte. Estamos inmersos en una cultura donde hablar del final de la vida terrena genera algo muy cercano al terror, pese a que es una realidad absolutamente cotidiana.

El cristiano debe hacer suyas las palabras especiales propias del viático: «Que el Señor Jesús te proteja y te conduzca a la vida eterna. Amén». Que Cristo resucitado guíe nuestro caminar para que cada día sea una constante preparación para encontrarnos con Él en la Patria definitiva.

Mariano Torrent