Primera Lectura - Domingo 27 (Ciclo C)
Lectura de la profecía de Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4
¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que Tú escuches, clamaré hacia ti: «¡Violencia!», sin que Tú salves? ¿Por qué me haces ver la iniquidad y te quedas mirando la opresión? No veo más que saqueo y violencia, hay contiendas y aumenta la discordia. El Señor me respondió y dijo: Escribe la visión, grábala sobre unas tablas para que se la pueda leer de corrido. Porque la visión aguarda el momento fijado, ansía llegar a término y no fallará; si parece que se demora, espérala, porque vendrá seguramente, y no tardará. El que no tiene el alma recta, sucumbirá, pero el justo vivirá por su fidelidad.
Palabra de Dios.

Habacuc 1,2-3;2,2-4
Habacuc es uno de los llamados profetas menores, de los
cuales, en muchos casos, sabemos pocas cosas seguras. Antes que nada, es
importante mencionar que al hacer la clásica distinción entre profetas mayores
(Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel) y menores no se está proponiendo que los
integrantes del primer grupo sean “más profetas” que el resto sino que
simplemente se realiza esta distinción en base a la extensión de sus escritos.
Trazando una comparación, el libro de Isaías tiene un total de 66 capítulos,
contra los tres del mencionado Habacuc.
Hay dos temas centrales en esta obra, escrita para los judíos
que vivían en Judá antes de ser exiliados a Babilonia[1],
que pueden englobarse en preguntas que el profeta se hace y le traslada a Dios:
por un lado, por qué el Señor guarda silencio mientras su pueblo se degenera moralmente.
El otro interrogante es por qué Dios utiliza para castigar a Judá una nación
como Babilonia, teóricamente más pecadora que el pueblo elegido.
Hay dos formas literarias en este libro, a partir de las
cuales podemos trazar un esquema para dividir el contenido del mismo: Desde el
1,1 hasta el 2,20 - dentro del cual está incluido este pasaje - tenemos una
colección de oráculos/visiones bajo el título “oráculo que tuvo en visión el
profeta Habacuc”, sentencia con la que comienza el libro.
Concretamente, la sección que va desde el primer versículo
hasta el 2,4 es un diálogo entre Dios y el profeta, donde Habacuc pide
explicaciones, y Dios le ofrece respuestas. Esto responde a la doble misión del
profeta: anunciar y denunciar. No es solo el vocero de Dios ante el pueblo,
también recibe de sus contemporáneos aquello que luego trasladará ante el
Señor.
Hay palabras que no deben pasar inadvertidas en este texto,
pues resultan fundamentales para comprenderlo en su real dimensión: en una
lectura atenta encontraremos expresiones
como violencia (en dos oportunidades), iniquidad, opresión, saqueo y discordia,
términos que reflejan el lamento ante Dios por los desastres que sufre el
pueblo.
Continuando con la dinámica del libro, el resto del capítulo
2 consiste en cinco imprecaciones (“ay del que…”) emitidas contra el opresor,
donde el profeta se lamenta de las faltas y los abusos de los enemigos, cuya
figura central sería Babilonia.
El capítulo final del libro presenta una oración del
profeta, que pide la intervención de Dios en favor de su pueblo, recordando la
protección divina que siempre han recibido los suyos, estilo que recuerda la
composición de algunos salmos épicos. Estas palabras conclusivas son un canto
de esperanza, lo que nos da la pauta de que las lamentaciones y las preguntas
con las que se inicia este libro no nacen de la desesperanza sino de una
profesión de fe en el amor de Dios. Basta para ello meditar los versículos
finales:
Yo seguiré alegrándome
en Yavé, lleno de gozo en Dios, mi Salvador. Yavé, que es mi Señor, es mi
fuerza el da a mis pies la agilidad de un ciervo y me hace caminar por las
alturas. (Hab 6,18-19)
Preguntas para
estudio
1. ¿Cuáles son, a
grandes rasgos, los dos temas centrales del libro?
2. Enumera las
palabras del pasaje que resultan fundamentales para comprenderlo en su real
dimensión.
3. ¿Qué importancia
tiene el capítulo final del libro para comprender que las preguntas que el
profeta realiza a Dios al principio son fruto de la confianza en la providencia
divina y no surgen de la desesperanza?
Mariano Torrent
[1]
Tengamos en cuenta para situarnos históricamente que no encontramos ninguna
mención al asedio de Jerusalén del año 597 a.C. ni a la deportación a Babilonia
que ocurrió diez años después, por lo que debemos ubicar estas líneas unas
décadas antes, en torno a la caída de Nínive (612 a.C.)