
Encontramos varias enseñanzas de Jesús a los discípulos (v.
1) y a los apóstoles (v. 5). Este detalle puede pasar inadvertido, pero
discípulo y apóstol no son lo mismo. En el primero de los casos, deriva del
latín discipulus, palabra con la que
se define a alguien que es estudiante de otro. Quienes se acercaban a Jesús para
aprender de Él lo llamaban Rabí, Maestro, etc. Apóstol proviene de apostolos, que significa mensajero.
Para explicarlo de una forma sencilla: Cristo tenía muchos
discípulos, pero solo doce apóstoles. Los discípulos son, por caso, los 72 que
reciben el mandato misionero de parte de Jesús (Lc 10,1), mientras que los
apóstoles son aquellos doce que el propio Cristo eligió (Mc 3,13) y que
recibieron el poder de perdonar pecados (Jn 20,23) y la comisión de predicar el
Evangelio en todo el mundo, bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo (Mt 28,19-20). De aquí se desprende una conclusión: un apóstol
es, antes que nada, discípulo, pero no todo discípulo llega a ser apóstol.
Es cierto que más allá de esta distinción, hay un fondo
común en estas lecciones de Jesús, y obedecen a la conducta de los cristianos
en la futura vida de la Iglesia, especialmente de aquellos que ocupan algún
cargo.
Tomemos algunos puntos de referencia para comprender mejor
esta perícopa:
V. 3-4: Jesús plantea la grandeza de corazón como requisito
indispensable para el perdón de las ofensas. No se está haciendo aquí campaña
por un tipo de perdón ingenuo, pues se debe intervenir con la seriedad propia de
quien debe reprender al pecador para que cambie de actitud. El perdón está
atado a la conversión: “y si se arrepiente, perdónalo”.
Los discípulos eran una comunidad de hermanos, al igual que
lo somos nosotros en la actualidad. Y como hermanos no vale la premisa del “yo
me salvo solo y los demás que se arreglen como puedan”. Un verdadero cristiano debe
preocuparse por la salvación de los demás.
V. 5: los apóstoles piden al Señor que aumente su fe. ¡Qué
hermosa y necesaria respuesta para la oración de los fieles, ser una comunidad
que pide al Señor que aumente su fe! Y qué imprescindible en el día a día,
rogar para que nuestra fe, que muchas veces no llega a ser un grano de mostaza,
crezca para poder ser compartida con aquellos que nos rodean.
Puede parecer que la respuesta del Señor se balancea en el
contorno del reproche, pero no debe ser vista necesariamente de esa forma. Por
el contrario, flota el aliento en las palabras de Cristo cuando, con el ejemplo
de la morera, enfatiza que si desde la fe se pide a Dios con confianza y
humildad pueden producirse milagros o hechos considerados a priori imposibles.
El pasaje concluye con una lección en torno al servicio
(v.7-10). Sin duda que estamos ante una parábola que presenta un tono bastante
fuerte, donde Jesús se vale una vez más de un ejemplo de aquella época que sus
contemporáneos podrían asimilar mejor. Esta parábola propone una instrucción
respecto a la actitud del hombre para con Dios.
Hay que tener en cuenta para entender esta parte final que
los doctores de la Ley entre los fariseos concebían la vinculación entre Dios y
el hombre como una especie de relación contractual: yo doy para que Dios me dé,
es decir, una contraprestación: si cumplo la ley de Dios, entonces Él me debe
una recompensa. La parábola de Jesús viene a decir “miren que Dios no les debe
nada”, pues todo lo que hace es por un acto libre, un ejercicio de su voluntad.
Preguntas para
estudio
1. ¿Qué diferencia hay entre apóstol y discípulo?
2. ¿Qué requisito indispensable plantea Jesúspara el perdón
de las ofensas?
3. ¿Cuál es la enseñanza que deja Jesús por medio de la
relación entre el amo y el sirviente?
Mariano Torrent